2021: un año crucial para Etiopía

2020 se presentaba como un año muy prometedor para Etiopía.

Un crecimiento económico sostenido, de una media superior al 10% en los últimos 15 años, le había permitido reducir el nivel de pobreza en el país; expandir el alcance de los servicios sociales básicos como la educación y la salud en todo el país; lograr casi todos los Objetivos de Desarrollo del Milenio establecidos por la ONU; y empezar a vislumbrar la posibilidad real de alcanzar el objetivo principal de ser un país de ingresos medios en el año 2030.

A nivel político-social, los presos políticos que habían sido liberados y muchos exiliados que habían vuelto al país se preparaban para participar en las elecciones generales previstas para agosto 2020 – unas elecciones que se preveía que iban a ser unas elecciones generales de las más abiertas y transparentes que se habrían organizado en el país. No es mucho decir, teniendo en cuenta las pocas que se han organizado en toda su historia, pero habría sido un principio. Hacía solo pocos meses también, en octubre del 2019, que a su primer ministro se le había reconocido su labor con el Premio Nobel de la Paz, posicionándole como una de las figuras mas importantes del continente y, de paso, haciendo de Etiopía una de las fuerzas imprescindibles para abordar todos los retos de la región.

Por desgracia, entrando en el nuevo año 2021, la perspectiva se presenta muy distinta.

Además de las consecuencias de la pandemia que sigue azotando al país como al resto del mundo, Etiopía se encuentra hoy al borde de una guerra civil generalizada que amenaza todo lo que se ha logrado hasta ahora.

En la mañana del 4 de noviembre del 2020, cuando el gobierno central de Abiy Ahmed decretó una ofensiva militar contra el gobierno regional de Tigray, el mundo se despertó ante una realidad del país que es mucho más compleja y no tan prometedora como parecía.  De hecho, para muchos en Etiopía y otros que siguen muy de cerca los acontecimientos ahí, esta ofensiva militar contra el núcleo del poder del TPLF (Frente de Liberación del Pueblo de Tigray en sus siglas en ingles), no era una sorpresa.

El TPLF, aunque se estableció solo para defender los intereses de los Tigrayanos, que representan el 6% de la población etíope, ha sido en el eje central del poder nacional desde principio de los 90, dentro de una coalición de partidos que gobernó el país desde entonces. De la mano de su carismático y visionario líder Meles Zenawi (también primer ministro de Etiopía desde el 94 hasta su muerte en 2012), el TPLF fue el principal impulsor no solo de la gran transformación económica que vivió el país en las últimas dos décadas, sino también del establecimiento de un estado federal de 9 regiones (más las ciudades de Addis Ababa y Dire Dewa) dividiendo y organizando la administración el país por líneas étnicas. Se trata de un sistema administrativo descentralizado federal similar al alemán o al de EEUU, o uno autonómico como el que conocemos aquí en España que genera un componente de tensión entre el gobierno central y las regiones. Para que pueda funcionar y sostenerse en el tiempo, tiene que haber un sistema judicial independiente, un sistema de controles y contrapesos relativamente fuertes para resolver los conflictos intrínsecos de tal sistema. La falta de estos componentes imprescindibles, complicados por el aspecto étnico del sistema federal en Etiopía ha creado unas condiciones que han favorecido la multiplicación de actos violentos, saqueos y matanzas en distintas zonas del país que se han ido produciendo de manera recurrente y más frecuentes en los últimos años.

 

Mapa del país, vía Wikimedia Commons

 

La pandemia, la peor plaga de langostas en los últimos 25 años, que ha destrozado gran parte de la producción agrícola del país, y un entorno donde la creación o difusión de falsas noticias a través de redes sociales es cada vez mas fácil, ha creado una situación explosiva que solo necesitaba un detonante para prender.

Puede que el ataque a la base militar en el norte del país por fuerzas afines al TPLF, en la noche del 3 de noviembre, fuera este detonante que se veía venir desde hace tiempo. Pero podría haber sido otro. Antes o después, estaba claro que la escalada de tensión iba a explotar o en Tigray o en otras zonas. Este en particular en Tigray provocó que el gobierno central mandara sus fuerzas armadas al norte para doblegar al gobierno regional y llevar a sus líderes a rendir cuentas ante la justicia. Esto desencadenó una triste secuencia de enfrentamientos entre las dos fuerzas a lo largo de varias semanas, que acabo con varios cientos de muertos y decenas de miles de refugiados. Denegando el acceso a agentes sociales de ayuda humanitaria y a medios de comunicación nacionales o internacionales, el gobierno facilitó la propagación de falsas noticias y desinformación de ambas partes que solo agudizo el horror, el miedo y la animosidad entre los distintos grupos del país. Desde entonces ha habido informes de aún más violencia y matanzas a unos y otros grupos étnicos en distintos puntos del país.  Lamentablemente, en una nación de más de 110 millones con 90 grupos étnicos, en el sistema administrativo tal como se estableció, era de esperar que la animosidad y competencia por el poder e influencia entre etnias degenerase en violencia.

 

Foto de Marwan Ali / AP

 

A pesar de un pésimo pronóstico, tengo confianza en un país con una historia de más de 2000 años; un país que ha sabido apoyarse en la diversidad de sus pueblos para hacer frente a tantos retos a lo largo de su historia. El 1 de enero, por ejemplo, no se celebra el año nuevo en Etiopía por haber sido capaz de unir nuestras fuerzas contra la colonización y mantener nuestras costumbres y tradiciones, como nuestro calendario, celebrando el año nuevo el 11 de septiembre.

Estoy convencido de que nuestra diversidad es la que hace nuestra fuerza. Pero para seguir evolucionando y creciendo como país, habría que repensar el sistema administrativo que se basa principalmente en la etnia. No sé si los que nos gobiernan actualmente o los que aspiran a ello, a nivel local o regional, tendrán la visión, el coraje y la generosidad para impulsar una refundación del sistema para que todos tengan los mismos derechos y las mismas oportunidades independientemente de su origen o de su residencia. Como muchos otros países que han conseguido encontrar un equilibrio que funciona –aunque es siempre un proceso– estoy seguro de que nosotros también lo podemos conseguir mientras nuestros aciertos como país sean más frecuentes, más profundos y más duraderos que nuestros errores.

 

Ermias Mengistu